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¿Qué prisa hay?

Casado, J. M.

Capital Humano, Nº 343, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Junio 2019, Wolters Kluwer España

José Manuel Casado

Presidente de 2.C Consulting

El impacto de la tecnología sobre el empleo es uno de esos grandes temas que a todos nos preocupan, pero que no nos ocupan porque, como dice el célebre autor de «21 lecciones para el Siglo XXI», Yuval Noah Harari, éste —junto a otros asuntos importantes como la crisis de la democracia, yihadismo, terrorismo, localismo, populismo, etc.— es uno de esos grandes problemas de los que todos hablamos, pero que cuando llegamos a nuestras casas y nos metemos en las faenas de nuestro día a día nos olvidamos de ellos inmediatamente, haciendo que esa preocupación por resolver los grandes temas de la humanidad, quede en el olvido.

Aunque es evidente que este debate entre tecnología y empleo no es nuevo; puesto que ya en 1948 el padre de la cibernética Norbert Wiener, advirtió del conflicto entre empleo y tecnología. Recientemente, Paul Mason, columnista de The Guardian, decía que en 30 años «entre el 40 y el 50% de los trabajos desaparecerán y serán automatizados, sobre todo en el comercio y en trabajos de oficina». En todo el mundo el trabajo se está automatizando, computarizando o robotizando y gran parte del que no se puede automatizar se lleva a países con una regulación laboral o ambiental menos exigente o donde la mano de obra y los impuestos son más baratos.

LAS DOS CARAS DE LA TECNOLOGÍA

La automatización es un ingrediente importante que ha impulsado el crecimiento económico y el progreso a lo largo de la historia del trabajo. Nos ha permitido alimentar a una población en crecimiento al tiempo que facilitó a los trabajadores hacer la transición de la agricultura de subsistencia a nuevas formas de trabajo. La automatización nos ayudó a pasar del sistema artesanal al de producción en masa, del de cuello azul al de cuello blanco: con mejor trabajo, salarios más altos, más empleos y mejores niveles de vida.

Pero sin políticas e instituciones adecuadas, la automatización puede tener efectos negativos en individuos y comunidades. Las tecnologías emergentes, que incluyen inteligencia artificial, gestión de datos, aprendizaje automático, robótica avanzada…tienen el potencial de automatizar muchas tareas que actualmente realizan los trabajadores, lo que lleva a nuevas preguntas sobre lo que depara el futuro para la fuerza laboral tal y como hoy la concebimos.

En este sentido, la automatización presenta grandes desafíos. Muchos trabajadores verán cambiar sus ocupaciones, porque los trabajos del mañana requerirán habilidades diferentes a las que tenemos hoy.

En este sentido, la automatización presenta grandes desafíos. Muchos trabajadores verán cambiar sus ocupaciones, porque los trabajos del mañana requerirán habilidades diferentes a las que tenemos hoy. Otros perderán sus empleos, sufriendo importantes dificultades económicas y sociales, ya que no solo se enfrentan a la pérdida de ingresos, sino también a la pérdida de propósito, identidad y sentido de utilidad que proporciona el trabajo.

Puede que los ludistas (seguidores de Ned Ludd que en el siglo XIX destruían máquinas porque temían perder su trabajo), no estuvieran totalmente equivocados, porque muchos expertos sí estamos convencidos de que esta vez la tecnología es mucho más disruptiva, va a cambiar la silueta del empleo y sí que va a destruir empleo tradicional.

La mecanización agrícola acabó con muchos puestos de trabajo en el campo, pero creó muchos otros en las fábricas y en las ciudades; la automatización industrial les trasladó a muchos de ellos a las oficinas…Sin embargo, en la actualidad se supone que solo los robots destruirán 3,5 empleos por cada uno que consigan crear. Es verdad que en siglos pasados «hubo un gran aumento del desempleo», pero en la segunda mitad del siglo XIX, 30 ó 40 millones de europeos fueron a tierras deshabitadas del nuevo mundo. Los españoles fueron a Sudamérica y los ingleses y los alemanes a Norteamérica…Pero ¿dónde van a ir ahora los desocupados? ¿Qué va a pasar con esa inmensa masa de analfabetos digitales?, ¿Cómo se actualizarán?, ¿Cómo y con qué les ocuparemos?, ¿Les enviaremos a casa y les otorgaremos un salario social?...hagamos lo que hagamos lo pagarán con menos niveles de renta y con menos proyecciones de futuro a menos que se transformen en emigrantes digitales y que, al igual que en la vida real, sean capaces de aprender un nuevo lenguaje, en este caso digital, y se adapten a las normas de un nuevo escenario con reglas laborales distintas.

LA PROFECÍA DE KEYNES

Robert Skidelsky cree que la profecía que John Maynard Keynes lanzó en Madrid en 1930, esa de que los nietos de su generación trabajarían 15 horas semanales, puede cumplirse ahora con la revolución tecnológica. Este archipremiado economista inglés y experto en el mundo del trabajo, está convencido, —como otros muchos—, de que está vez los cambios que trae la digitalización no van a generar más empleo, porque cree que lo avances tecnológicos actuales van a una velocidad impresionante y es mucho más destructiva que anteriores evoluciones tecnológicas.

Además, la automatización está penetrando en muchas ocupaciones y tareas mentales. Antes, en la revolución industrial era solo un suplemento físico. El coche fue una mejora sobre el caballo, pero era un sistema de transporte y era solo un servicio más para la actividad humana. Ahora, con la inteligencia artificial, la robotización, big data, deep learning, etc., mucho empleo cognitivo y mental de la clase media puede ser automatizado. No hay barreras ni obstáculos. La propagación del trabajo computarizado parece inevitable. Los robots no solo desplazan a los humanos en trabajos altamente rutinarios, como en las plantas de ensamblaje, sino que amenazan lugares menos obvios, como las salas de redacción, agencias de viajes, despachos de abogados, negocios de restauración, medicina…

Desde el punto de vista conceptual, podríamos clasificar el trabajo tradicional en tres categorías:

  • Transformacionales. Los que extraen materiales brutos y los transforman en productos finales.
  • Transaccionales. Interacciones que pueden ser fácilmente escritas o automatizadas.
  • Tácticos. Interacciones complejas que requieren un alto grado de juicio y criterio para ser realizadas.

NUEVOS PERFILES DEL TRABAJO

El World Economic Foro prevé que en el mundo desaparecerán más de 6 millones de puestos de trabajo en el 2020 y que, en 2050, una proporción de 47 por ciento de los empleos tradicionales habrán muerto tal y como hoy se conocen.

Los agoreros más pesimistas, consideran que alrededor de un 70 por ciento de los empleos transaccionales se automatizarán y que con un 50 por ciento de los trabajos tácticos, sucederá lo propio. Armando Guajardo, presidente de la Comisión de Asuntos Laborales de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), reitera que su país-México-debe de hacer un esfuerzo por caminar al ritmo del cambio tecnológico porque está convencido de que un 52 por ciento de los empleos en México pueden ser sustituidos por robots.

Cómo será el asunto que ya hay voces muy cualificadas, como la del propio barón y profesor de la universidad de Warwick, Robert Skidelsky, que acarician la idea de ralentizar la automatización para buscar antes las soluciones para el futuro; porque debemos asegurarnos de que existan las estructuras de apoyo adecuadas para promover oportunidades y prosperidad para todos.

Las máquinas en general aumentan la productividad en todos los sectores, e inevitablemente, se pierden empleos. Si seguimos así, viviremos en una sociedad en la que hay que trabajar poco, pero en la que el desempleo socavará la calidad de vida y la convivencia pacífica a menos que lo evitemos. ¿Sabremos adaptarnos para conseguir las ventajas y evitar los inconvenientes de la automatización?, ¿Podremos superar los desafíos que nos presenta?, ¿Seremos capaces de reinventar una nueva forma de organizar y distribuir el trabajo en la sociedad?

En definitiva, debemos exigir a nuestros gobiernos y sindicatos que dejen de engañar a los ciudadanos y se olviden de discursos populistas que defienden el pleno empleo de la época industrial —¿algún lector ha oído algo de este asunto en la boca de nuestros candidatos políticos en la última campaña electoral?— y que preparen con urgencia a la fuerza laboral para una futura ola de automatización que probablemente destruya la mayoría de los trabajos transformacionales y transaccionales y muchos de los tácticos de los que hemos hablado. La interrupción tecnológica que se avecina actualmente es invisible en el contexto de un sólido crecimiento. Pero, sin medidas contundentes, la desigualdad que subyace a la actual turbulencia tecnológica se ampliará. Igual debemos recuperar la idea de establecer un contrato social efectivo entre los trabajadores y sus empresas con beneficios, protección y capacitación.

En fin, como no tenemos prisa, igual es el momento de repensar la automatización y ralentizar la robotización del trabajo para mientras tanto, ser capaces de diseñar un modelo de sociedad, en la que, aunque trabajemos menos, sigamos siendo capaces de crear bienestar y progreso social porque, como dijera el profesor Skidelsky: ¿qué prisa hay?

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