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Los valores sí importan

Casado, J. M.

Capital Humano, Nº 347, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Noviembre 2019, Wolters Kluwer España

Portada

José Manuel Casado González

Socio de 2.C Consulting y Coordinador del Área de Crecimiento Profesional en Revista Capital Humano

Después de la que ha caído desde 2007, debemos exigir a la empresa, —y a principalmente a sus hombres— que colaboren entre sí y con las grandes agencias e instituciones nacionales e internacionales para asegurar la solidaridad en el orden nacional y global. Debemos convencernos de que el estilo de vida y el modelo de crecimiento económico basado en un «capitalismo de casino» sustentado sobre la cultura del «pelotazo», un elevado consumo y endeudamiento, en detrimento del ahorro y la creación de capital productivo, pusieron en peligro hasta la sostenibilidad de propio modelo capitalista. El relato liberal, que promulga la democracia, prestaciones de bienestar gubernamental y libertad como principios de convivencia y progreso, está pasando por una crisis de confianza hasta ahora desconocida. Este marco liberal que en los años noventa se daba como único posible, está ahora siendo cuestionado y puesto en entredicho por propios y extraños. Aunque el modelo debería seguir rigiendo la economía global, porque es el que se ha consagrado como el menos malo, es necesaria una profunda transformación del mismo; lo que será imposible sin una sólida arquitectura de valores.

Para muchos analistas, la crisis financiera que hemos vivido hundió sus raíces no sólo en un inadecuado sistema regulatorio sino, especialmente, en la falta de ética y conducta moral de los hombres que ha caracterizó a algunos de los actores. El desmedido aprovechamiento y la búsqueda inescrupulosa de ganancias hizo que las personas relegasen a un segundo plano la ética de los negocios. Al mismo tiempo, se achacó a algunos gobiernos e instituciones que no fueran lo suficientemente estrictos y escrupulosos a la hora de establecer las reglas económicas en los niveles más altos.

Por ello, reflexionar sobre la ética es una tarea que se nos antoja imprescindible en estos momentos de zozobra del sistema si queremos construir una sociedad mejor que asiente su progreso sobre valores sólidos y duraderos. Extrapolar esta necesaria reflexión sobre cómo el directivo empresarial debe ejercer responsablemente su tarea, ajustando su conducta a valores morales; es decir, adecuando sus decisiones a lo que significan palabras como justicia, responsabilidad, eficacia, etc. es en estos momentos un imperativo social. Estos valores configuran la personalidad y talante ético de una persona, la cual, de poseer tales cualidades, se hace acreedora por una parte de respeto, y por otra, del aprecio por la empresa y la sociedad misma, ya que se está descubriendo —por fin— en el directivo responsable, el instrumento más eficaz e incluso, en términos económicos, más rentable, para el logro de las metas que se persiguen.

La crisis financiera que hemos vivido hundió sus raíces no sólo en un inadecuado sistema regulatorio sino, especialmente, en la falta de ética y conducta moral de los hombres que ha caracterizó a algunos de los actores

No es tarea fácil, hoy en día, practicar la dirección de empresa conforme a valores éticos. Y la explicación es obvia: la sociología ha constatado que entre los rasgos característicos de nuestra circunstancia cultural se encuentra una progresiva degradación ética de los comportamientos, tanto colectivos como individuales, que se corresponde con la pérdida de peso y autoridad de esos valores morales.

El rasgo que acabamos de atribuir a la sociedad actual, la degradación ética, es aplicable a la casi totalidad de los países que forman la comunidad internacional. Basta con asomarse a las páginas de la prensa para encontrarnos por doquier fenómenos de corrupción, decisiones irresponsables, atentados contra la dignidad humana…El fenómeno, sin embargo, en España, reviste un carácter especial, por cuanto que nuestra sociedad se encuentra en una especie de «vacío ético», que no ha logrado ser rellenado por los valores de una ética civil, tal como ha acontecido en la civilización anglosajona o en la cultura centroeuropea. Ni el uso responsable de la libertad, típico del talante sajón, ni el rigor en el cumplimiento del deber, característico del mundo germano, han dado origen aún entre nosotros a un sistema de «valores morales», que permita buscar nuevas salidas a una sociedad, como la nuestra, agitada por tensiones de todo tipo y descalabrada por sonados escándalos que fracturan los valores deseables de igualdad, libertad, diálogo, respeto y solidaridad; pilares de una ética más que deseable.

Se está descubriendo —por fin— en el directivo responsable, el instrumento más eficaz e incluso, en términos económicos, más rentable, para el logro de las metas que se persiguen

Sin embargo, es difícil que cualquier empresa humana funcione y alcance las metas que se propone sin ética. A este propósito venimos funcionando, desde algunos siglos atrás, con un cruel espejismo. Maquiavelo dejó una consigna al Príncipe: «si quieres triunfar en política, utiliza medios para conseguir y mantener el poder sin tomar en cuenta la ética». Esta consigna —que una gran parte de nuestros políticos (fíjese, nos van a volver hacer votar a todos de nuevo, para que unos pocos puedan seguir disfrutando de las prebendas de sus cargos sin cumplir con las más básicas de sus obligaciones) y de algunos directivos parecen haberse aprendido de carrerilla y practicar a las «mil maravillas»— se expandió solapadamente con posterioridad en el mundo corporativo.

Lo importante, en cualquier iniciativa, eran los resultados a corto plazo, prescindiendo de la calidad moral de las acciones o de los valores en juego. Triunfo inmediato, éxito asegurado, cultura de casino y eficacia a cualquier precio, fueron las pautas de unas conductas que proporcionaron «sorpresas inesperadas» en el mundo empresarial y, con bastante frecuencia, seguidas de descalabros clamorosos, al tratarse de espejismos, contrarios a la misma naturaleza de las cosas. No les pondré muchos ejemplos, porque no tendríamos espacio suficiente en esta columna, pero piense en los casos de las hipotecas basuras, las tarjetas black, la venta de preferentes, sobornos, corrupciones políticas por doquier, los ERE, Gürtel, cuentas en paraísos fiscales, jubilaciones millonarias tras arruinar compañías…

A partir de la precedente situación, la empresa ha comenzado a descubrir la ética como una dimensión de gran importancia en su funcionamiento. Es más, podríamos afirmar, que la degradación moral de nuestra sociedad ha producido la contra reacción de poner de moda la ética. Y las ofertas se han multiplicado: ética de la empresa para empresarios, ética del medio ambiente para biólogos, agricultores o ingenieros...

A decir verdad, la deontología profesional tiene fijados, desde mucho tiempo atrás, múltiples principios normativos para el ejercicio correcto de cargos directivos. Pero, por lo que respecta a nuestro tema, «la ética en la dirección de empresa», recordemos la tesis de —el tan genial como discutido sociólogo y economista— M. Weber, para quien la raíz y el origen de la moderna sociedad capitalista e industrial no es otro que el haber aplicado unas pautas de conducta en las que la generalización de determinados valores, como el rigor en el cumplimiento del deber o la austeridad en el uso del dinero, permitió grados de eficacia y racionalización inesperados para los mismos que practicaban tales conductas. Y esto, querido lector, más que el resultado a corto y a cualquier precio, es lo que realmente impacta y lo que debe ocupar la agendad de preocupación y la agenda de acción de los hombres de bien, porque, como nos dijera Johan Wolfgang von Goethe «lo que más importa nunca debe de estar merced de lo que importa menos»