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Ni vivir para trabajar ni trabajar para vivir

Ricardo Cortines

Experto en eficiencia y autor del libro El buen tiempo

Capital Humano, Nº 350, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Febrero 2020, Wolters Kluwer

Portada

Si tuviéramos dinero para vivir cómodamente —o si no hiciera falta tener dinero para vivir cómodamente porque, por arte de birlibirloque, lo tuviéramos todo pagado— me temo que pocos querrían trabajar y los que lo hicieran se dedicarían a algo que les apasionara.

Cuántas veces hemos oído la frase: «¡A ver si me toca la lotería y mando a mi jefe a paseo!». Claro que hay quien va más allá, como esa neoyorquina que en 2016, tras tocarle tres millones de dólares en la lotería, lo primero que hizo fue defecar en la mesa de su jefe y después, mientras era arrestada por la policía, decir que había merecido la pena.

Como regla general, no nos gusta trabajar. Preferiríamos vivir tumbados a la bartola cobrando una pensión del Gobierno. En cualquier caso —y preguntándome hasta qué punto incide en esta opinión la repulsa que sentimos hacia el trabajo en general— basta coger un taxi, entrar en un bar o darse una vuelta por una Administración Pública para darse cuenta de que a la mayoría de la gente no le gusta el trabajo que tiene.

Salvo excepciones, pasamos más horas trabajando que haciendo cualquier otra cosa, pero paradójicamente tenemos trabajos que no nos gustan y de los que con ganas nos libraríamos. Y la paradoja no acaba ahí porque, aun así, pese a quejarnos con amargura todos los días seguimos yendo a trabajar impulsados por el motivo más viejo del mundo: el dinero. Hay que pagar el alquiler, hay que llenar la nevera…todo tiene un precio y el dinero no cae de los árboles.

La pregunta es: ¿es posible ganarse la vida haciendo lo que a uno le gusta? La respuesta es sí. Lo que no significa que sea fácil.

Pasamos más horas trabajando que haciendo cualquier otra cosa, pero paradójicamente tenemos trabajos que no nos gustan y de los que con ganas nos libraríamos

Podría decirse que el mayor privilegio que existe es trabajar en lo que a uno le gusta. Ya lo dijo Confucio: «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida».

La gente a la que le gusta su trabajo es básicamente feliz y la gente a la que no le gusta su trabajo es básicamente infeliz. Y la diferencia no está en la suerte sino en el inconformismo: mientras unos no están dispuestos a conformarse con un trabajo que les desagrada, otros sí lo están.

En la trastienda de ese inconformismo se barajan muchos factores —la autoconfianza, un buen consejero, saber con certeza lo que se quiere…—, pero ante todo tenemos que entender que: primero, vivir de lo que nos gusta no es una quimera, y segundo, nuestra felicidad radica en esa decisión.

Para la gran mayoría, el trabajo es más una fuente de frustración que de alegría y, cuando no lo odiamos, lo vivimos como un trámite en vez de como una actividad que nos define y nos hace sentirnos orgullosos de nosotros mismos.

La solución sería dejar ese trabajo que no nos gusta. Pero si no nos vemos capaces de tomar esa decisión por el motivo que sea, al menos deberíamos buscarle el lado bueno a ese trabajo frustrante, aprender a apreciarlo, hacer de nuestro trabajo nuestra pasión.

Es como estar casado o convivir con alguien a quien no solo no queremos, sino que detestamos. A la larga resulta imposible y de ahí que tantas parejas se separen todos los días en todas las partes del mundo. Pues eso es lo que pasa cuando tenemos un trabajo que detestamos: estamos conviviendo con esa pareja con la que somos incompatibles y que nos hace desgraciados. Sin embargo, no nos separamos y seguimos viviendo con ella un día tras otro. Pero lo único que conseguimos con ello es desaprovechar el tiempo. En vez de emplearlo en cosas que son compatibles con nosotros y que nos hacen felices, estamos invirtiendo nuestro tiempo en algo que nos hace infelices.

Cuando tenemos un trabajo que detestamos estamos conviviendo con esa pareja con la que somos incompatibles y que nos hace desgraciados

Pues bien, si no podemos separarnos de ese trabajo, pero tampoco podemos permitir —dicho en plata— que nos amargue la vida, hay otra alternativa a la que podemos y debemos recurrir: ver el lado bueno de las cosas.

Todo tiene su lado bueno. Todo. Y si, como digo, no podemos separarnos de ese trabajo que nos desagrada, pero tampoco podemos seguir conviviendo con él con la sensación permanente de no querer tenerlo al lado, lo que debemos hacer es cogerle el gusto a ese trabajo. ¿Cómo? Valorándolo.

Estoy de acuerdo con Carl Rogers, uno de los psicólogos humanistas más relevantes del siglo pasado, cuando dice que nos mueven dos necesidades: la pertenencia al grupo y el autodesarrollo, y que un buen trabajo proporciona ambas. El trabajo es un derecho y un deber, dice la Constitución Española. Pero trabajar es mucho más que una cuestión legal. Ante todo, trabajar es una necesidad humana más allá de ser la manera de ganarse la vida. Es más, trabajar es incluso un privilegio.

El problema es doble. En primer lugar es necesario ESFORZARSE, un componente cuya importancia destaca el propio Carl Rogers y que en mi opinión es el ingrediente clave de la satisfacción personal. Si te tocan diez millones de euros en la lotería te sentirás feliz, pero no tanto como si ese dinero lo ganaras vendiendo una empresa que levantaste poco a poco con gran esfuerzo. Y por otro lado, se trata de tener buenos trabajos. Si tuviéramos buenos jefes, buenos ambientes de trabajo, sueldos decentes…nuestros trabajos serían más satisfactorios y seríamos más felices.

Leí el otro día una estadística demoledora: el 70% de los empleados dejan su trabajo por culpa de sus jefes. El dato es «para salir corriendo»: los jefes, cuya principal misión debería ser facilitarles las cosas a sus subordinados para que pudieran rendir al máximo en beneficio precisamente de quien está por encima de ellos y, en último término, de la propia empresa resulta que son la razón principal por la que los trabajadores detestan su trabajo hasta el punto de separarse de él.

Ese es el problema. Cuando a cambio de trabajar, de nuestro tiempo y nuestro esfuerzo, solo nos dan dinero —y poco—, cuando nos infravaloran, cuando en definitiva no recibimos lo que necesitamos para sentirnos bien con nosotros mismos se hace difícil lograr la felicidad.