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Impulso

Ricardo Cortines

Autor del libro «El buen tiempo»

Capital Humano, Nº 353, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Mayo 2020, Wolters Kluwer

Portada

«Imaginemos el siguiente escenario: en cuestión de días, una epidemia de gripe letal se propaga por todo el mundo interrumpiendo el comercio y el turismo, desatando un caos social, destrozando la economía global y poniendo en peligro decenas de millones de vidas. Un brote de enfermedad de gran escala es una perspectiva alarmante —pero completamente realista—.

Un informe de la Junta de Monitoreo de Preparación Global advierte que la humanidad está trastabillando hacia el equivalente del siglo XXI de la epidemia de gripe de 1918, que afectó a un tercio de la población del mundo y mató aproximadamente a 50 millones de personas. Un brote similar hoy se propagaría mucho más rápido y de manera más generalizada y podría afectar seriamente a las economías a nivel mundial, lo que resultaría potencialmente en una pérdida del 5% de la economía global». Así comienza un artículo publicado en el diario El País por Gro Harlem Bruntland, exdirectora general de la OMS, el 2 de enero de 2020.

Pues bien, dos meses y medio después, en el momento en que escribo esto, el mundo entero —literalmente— está en vilo, atenazado, colapsado. La razón: una pandemia provocada por un virus respiratorio llamado coronavirus COVID 19 que, desde que asomó la cabeza en un mercado de mariscos de la ciudad china de Wuhan en diciembre pasado, se ha ido extendiendo al resto del planeta dejando tras de sí miles de muertos.

Los Gobiernos han decretado estados de alarma, las calles de las ciudades están desiertas, la gente vive recluida en sus casas, las empresas han parado su actividad...las máquinas del mundo se han detenido y todos los esfuerzos, en todas partes, están orientados a controlar y eliminar la enfermedad para intentar volver a la normalidad cuanto antes.

No es la primera vez que la humanidad pasa por algo así. La primera gran pandemia de la Historia reciente fue la peste negra, que en el siglo XIV y sólo en Europa se calcula que dejó 50 millones de muertos, un tercio de la población de entonces. Hasta la fecha y según refieren Màrius Belles y Daniel Arbós, en «14 maneras de destruir a la humanidad», las cinco pandemias globales más letales han sido, por este orden: viruela, sarampión, la mal llamada «gripe española» de 1918, la peste negra y el VIH.

Bruntland dice muchas más cosas, entre ellas que los líderes políticos no tienen entre sus prioridades la de prepararse para este tipo de escenarios. Y termina diciendo: «Tenemos el conocimiento y las herramientas. No hay ninguna excusa para que nos tomen por sorpresa sin estar preparados».

El artículo referido llama directamente a la acción de los gobernantes y sin duda son ellos quienes habrán de responder ante la humanidad de sus acciones y omisiones en relación con esta crisis, en su prevención, en el manejo de la misma y en la gestión de sus devastadoras consecuencias.

Pero, al margen de eso, la situación por la que el mundo está pasando en estos momentos tiene otra lectura menos tangible y más intuitiva, una lectura que tiene que ver con nuestras creencias, con nuestros valores, con nuestra manera de relacionarnos con los demás y con el mundo, con lo que el hombre es en sí mismo.

Cuando el rey Hierón de Siracusa hace casi dos milenios y medio le encargó al matemático Arquímedes que averiguara si la corona que había encomendado fabricar a cierto orfebre contenía todo el oro que le había dado a tal efecto, se estaba gestando una de las serendipias accidentales más famosas de todos los tiempos.

La historia es conocida sobradamente. Arquímedes estaba en las termas públicas cuando se dio cuenta de que al meterse en la tina el nivel del agua subía y comprendió que de esa forma podía encontrar la respuesta a la pregunta que el rey le había planteado. La corona, al ser sumergida en la bañera, desplazaría una cantidad de agua igual a la de su volumen. Al dividir la masa de la corona por el volumen de agua desplazada se podría obtener la densidad de la corona, que sería menor si se hubieran añadidos metales menos preciosos que el oro. Entonces Arquímedes salió a la calle corriendo y gritando !Eureka, Eureka! —o he encontrado, lo he encontrado—.

Zambullido en una bañera Arquímedes había descubierto el principio que hoy lleva su nombre y resolvió el problema que el rey Hierón le había planteado. Sin embargo, ese no fue su único hallazgo. Al descubrir que todo cuerpo sumergido en un líquido en reposo recibe un empuje vertical de abajo hacia arriba igual al peso del volumen del líquido que desaloja, Arquímedes hizo otro descubrimiento tan relevante o más que aquel por el que siempre será conocido: descubrió la formula del fracaso.

Arquímedes constató que cuando algo se hunde sale disparado hacia arriba de forma inmediata y que, cuanto más se hunde, más disparado sale y más arriba llega. En otras palabras, Arquímedes demostró que LOS FRACASOS IMPULSAN, que después de fracasar estamos en disposición de conseguir metas más altas.

¿Nunca os habéis preguntado por qué la mayoría de las personas que llegan arriba vienen de abajo? El fracaso es la explicación. Solo desde abajo, solo tocando fondo, se puede coger el impulso necesario para ascender a lo más alto.

Aprendamos esta lección en lo que vale. Usemos este fracaso para salir impulsados.