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COVID se escribe con V de Vulnerabilidad y se re-escribe con C de Ciudadanía

González, Carlos

Capital Humano, Nº 354, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Junio 2020, Wolters Kluwer

Portada

Carlos González

Partner & Co-Founder de empathicwarriors

«La vida se desarrolla donde fluye la empatía», eso creo.

La crisis de 2012 fue una crisis de Confianza. Confianza en el valor real de los activos, en el valor real de los datos que nos ofrecían bancos, empresas de rating, reguladores… No me extiendo en más detalles.

Esta crisis de 2020 es de Vulnerabilidad. De sentirnos frágiles ante un enemigo que no se puede vencer solo inyectando liquidez al sistema, o refinanciando a los bancos, o apretando las manos al manillar, hundiendo la cabeza y pedaleando con inteligencia y sin descanso. Esa puedo ser parte de la receta para 2013. Y con ello recuperamos la Confianza. ¿Pero ahora?

Vulnerabilidad tiene que ver con sentirnos Mortales. Con miedo al dolor y al sufrimiento. Con sentirnos débiles ante un enemigo que no se ve, que no sabes cómo avanza ni desde dónde acecha y que no distingue de clases «sociales» sea cual sea el criterio de segmentación (talento, dinero, orientación sexual, tipo de contrato, lugar de residencia, grado de formación o experiencia…).

¿Cómo se supera una crisis de Vulnerabilidad? Me atrevería a plantear tres terrenos de juego: familias, empresas y estados.

En las familias apelaría a crear un espacio para compartir emociones, sentimientos y estados de ánimo. Un espacio para reflexionar sobre el cambio de hábitos y de mentalidades. Invitaría a convertir el famoso ciclo del duelo en un mapa cotidiano en el que explorar cómo estamos y aprender a expresarnos desde ahí. Menos tele y RRSS; y más compartir emociones.

Estamos ante una oportunidad para enseñar a nuestros hijos que aceptar nuestra vulnerabilidad es parte de la vida. Y expresarla, una estrategia de crecimiento y desarrollo personal. No hay que sentir vergüenza por experimentar miedo, ira, tristeza... Solo puede sentirse vulnerable quien está vivo; y de ese reconocimiento nace una fuerza sin par. La ira puede enseñarnos a construir límites sanos, la tristeza a preguntarnos qué nos queda por aprender, el miedo prudencia… Sentirnos vulnerables, es decir vivos, y querer aprender de esas emociones de la vida puede llevarnos a actos de superación, creatividad, empatía, tolerancia y generosidad que nos ayudará a convivir en nuestras casas de forma quizás más constructiva de la que hemos convivido hasta ahora. También nos ayudará a aprender a convivir y responder mejor a la «normalidad incierta» que se ha instalado en nuestra sociedad.

En las empresas apelaría a impregnar sus culturas organizativas de mayores dosis de empatía. Empatía para con todos los stakeholders. De esta crisis no se sale jugando a «tonto el último» ni a «que cada uno aguante su vela». Es imposible, porque tras la crisis de vulnerabilidad hay una crisis de demanda. Y, si dejamos de consumir ese café, o de hacer ese regalo, o comprar esa nueva «lo que sea»… al final nos acabamos hundiendo todos. La partida de la crisis de vulnerabilidad se supera «jugando a ganar», no «jugando a no perder». Por eso es importante reactivar la demanda, el consumo, la producción y los flujos financieros… Pero desde la Empatía. Buscando soluciones de inclusivas, sin dejar a nadie por el camino —se llame el otro proveedor, empleado, o consumidor …

De igual forma que en las familias, las empresas quizás deban aprender a conversar no solo de KPI’s y SLA’s, e incluir en sus reuniones y procesos emociones, sentimientos y estados de ánimo si queremos que los equipos recuperen un mindset resiliente y de compromiso para hacer frente a la sensación de vulnerabilidad de esta «normalidad incierta» en los próximos ejercicios. ¿Qué pasará con mi trabajo? ¿qué pasará con mis compañeros? ¿alguno —o yo mismo— estará infectado? ¿y aquel cliente? ¿y aquel otro proveedor? ¿todos los días jugar a la ruleta del COVID-19?

Las empresas quizás deban aprender a conversar no solo de KPI’s y SLA’s, e incluir en sus meetings y procesos emociones, sentimientos y estados de ánimo

En los estados apelaría a más pensamiento crítico sirviendo a la ciudadanía. Esto me parece lo más difícil de todo. No observo ni pensamiento crítico, ni servicio ni entender a los ciudadanos como tales, sino más como sujetos o consumidores o votantes. No me refiero a que así estén actuando los funcionarios. Me refiero más a nuestra clase política.

Vayamos por partes. La vida política como servicio a la sociedad. Esta crisis de vulnerabilidad se puede abordar de muchas formas. Una de ellas es volviendo a considerar a los ciudadanos como sujetos. Los clasificamos, los numeramos y, todos los días en los telediarios y tertulias, ofrecemos datos de cómo avanza la pandemia. Tantas altas, tantas bajas, y tantos muertos. Y el plan de acción lo medimos en millones de euros, y millones mascarillas, y millones de test

Además, para transmitir más control y eficacia en la gestión, regulamos cuándo cada persona puede hacer cada cosa. Construimos una torre de babel de números y medidas valoradas en euros para devolvernos la seguridad… También se podrán iniciar acciones de seguimiento, sujeto a sujeto, por geolocalización para catalogar a los portadores, a los asintomáticos, a los inmunizados. Big data, inteligencia artificial, cámaras por doquier para medir sujeto a sujeto su temperatura, y así seguir segmentando sujetos. Con robots perro, pájaro u hormiga —que penetren por todos los resquicios de la vida— para evitar contagios, para vigilar que respetamos la distancia social… Y, al final, si incumplimos las reglas, el estado aplicará las normas de confinamiento, exclusión y castigo. Ufff … qué miedo. Para esto no hace falta pensamiento crítico. Solo centralización.

Salidas

Así, creo, es imposible lograr una ciudadanía más saludable, más empoderada, que aprenda a aceptar y convivir con la vulnerabilidad. Y sobre todo, que genere riqueza y prosperidad en esta «normalidad incierta». Es imposible recuperar la normalidad porque, tan pronto se abran las puertas a la vida, y lo necesitamos para reactivar la demanda y la economía —salvo vacuna o mutación milagrosa— el COVID-19 volverá a emerger por doquier… ¿Y qué haremos entonces? ¿Más control? ¿Más confinamiento? ¿Más exclusión? ¿Más castigos? ¿Más ayudas paternalistas? ¿Crearemos guetos de enfermos, sanos, inmunizados o/y asintomáticos…?

Tampoco creo que la solución sea: políticos que se pelean entre ellos para ver quién gana y quién pierde, qué partido gana o pierde… porque en esta crisis solo podemos ganar, o perder, todos, todos, TODOS. COVID no entiende de logos, ni escaños, ni prejuicios.

Otra posible salida, según otros muchos políticos es… «necesitamos que los ciudadanos asuman cuanto antes —y cuantos más mejor— su rol de consumidores». Salir a la calle y empezar a consumir. Si no, como recuerdan algunos líderes de grandes estados, habrá más muertes por la caída de la economía que por el COVID-19. Y si hay bajas, serán bajas necesarias, como en las guerras. Por el bien de recuperar la normalidad de antes, la normalidad de una economía cuya demanda tira y tira, y las empresas crecen y crecen.

Para estas alternativas no somos sujetos, tampoco ciudadanos, somos consumidores. Es decir, que circule el dinero. Así que, «…que vuelvan cuanto antes los atascos, los metros llenos, las terrazas llenas, los aviones llenos, los campos de fútbol llenos, los cines con palomitas llenos… aunque sí, siempre con distancia social».

¿No hay más salidas? ¿Seguro? Voy a decir un par de tonterías, perdónenme ustedes.

La primera. ¿Y si se invirtiese menos en armamento y más en investigación de vacunas y tratamientos de una enfermedad que no conocemos —ni las secuelas ni rebrotes que puede traernos? Y de paso, ya que nos ponemos, invertir en las otras: malaria, ébola, dependencias de todo tipo…

«Me estoy creciendo»- Y si también se destinase ese dinero del armamento a la investigación de energías limpias, de reciclaje, de una industria alimentaria que genere menor contaminación, de otro tipo de urbanismo… Si es posible decretar un estado de alarma y parar un continente, imagino que también es posible suspender la compra de armamento. ¿No?

Segunda. La educación. Educar en la empatía de respetar al prójimo. De aprender a relacionarnos de otra forma. De ser menos voraces con el planeta. De construir ciudades menos superpobladas y de volver a habitar con respeto los pueblos y las comarcas. De prevenir el sobrepeso, producto de la sobre alimentación, del exceso de horas de sedentarismo y de la falta de paseos y de tiempo en movimiento. Educar en pensamiento crítico, en valores, en ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible).

Tercera. Ciudadanos, organizados a través de familias, barrios y empresas (desde autónomos hasta pymes o corporaciones) reflexionando sobre cómo gestionar esta pandemia en la parte de responsabilidad que les toca en su territorio. Qué ejercicio de omnipotencia tratar de gestionar la vida del planeta sin empoderar a los ciudadanos a los que se deben servir. En los modelos medievales, al entrar en el castillo o en la ciudadela, jurabas vasallaje… ¿También ahora en el siglo XXI de la aldea global? El castillo era pequeño…pero, ¿se puede activar la economía y gestionar la pandemia, en todos los barrios del país, desde un despacho, con media docena de personas? Menos control y más empoderamiento a las personas. Como hacemos en las empresas: compartir objetivos, delegar la implantación y pedir responsabilidades. Agile, agile, agileEmpowerment, liderazgo, confianza, talento.

Cuarta. Enfocar los esfuerzos para salir de la crisis, orientándonos a la economía de la sostenibilidad. Menos carbono, menos plástico, más consumo de proximidad, más energía limpia… Ya estamos viendo que al planeta le está viniendo bien este confinamiento de los humanos. Si lo que nos preocupa es hacer negocio, hagámoslo, con el mayor «océano azul» que existe, construir un modelo económico ODS. No olvidemos que cuando termine el COVID —con nosotros o sin nosotros— el problema medioambiental seguirá creciendo —si no cambiamos de mindset— de forma exponencial.

¿Se puede activar la economía y gestionar la pandemia, en todos los barrios del país, desde un despacho, con media docena de personas? Menos control y más empoderamiento a las personas

Quinta. Exijamos a nuestros políticos que den servicio a la ciudadanía —para eso les pagamos; no para descalificarse e insultarse en las TV y RRSS. Asumamos nuestra responsabilidad en la salida de la crisis. ¿O preferimos que nos traten solo como sujetos tipo votantes y tipo consumidor? Exijamos, que, para servirnos, nuestros políticos tengan una excelente formación, experiencia en gestión y dirección de proyectos… Igual que a un médico le pedimos que haya estudiado medicina y superado un MIR. O a un ingeniero su título y su master y n años de experiencia, antes de firmar el proyecto de un puente o un puerto o un edificio. Si queremos salir de esta crisis necesitamos auténticos doctores en economía, sanidad, educación, industria… liderando la vida política. Recuperemos la meritocracia, y dejemos en el pasado que puedas llegar a ministro o parlamentario por lealtades a cambia de una posición en una lista electoral.

Sexta. Activemos el talento que hay en todas las calles y paisajes de nuestro país. Permitamos que ese talento de la ciudadanía se organice. Alentémoslo. Que los ciudadanos trabajen para ayudar a sus vecinos. Lo han hecho ya aplaudiendo, haciendo mascarillas, diseñando y fabricando material de diagnóstico en otros países e importándolo, organizando servicios de ayuda a los más desfavorecidos, trayendo comida a diario a los comercios, manteniendo algunas industrias básicas en funcionamiento, acompañando en el dolor ante las muertes, olvidando si somos de un cuerpo o de otro y reconociendo el valor de la ayuda, no el color del uniforme…

Nos ponen, creo, sobre todo las imágenes de personas haciendo «gansadas» o «saltándose el estado de alarma» … ¿y dónde quedan las imágenes de miles de profesionales (desde autónomos a directivos de corporaciones) reconvirtiendo sus modelos de negocio, de trabajo, de creación de riqueza… mientras hacen los deberes con sus hijos y/o acompañan en el sufrimiento a amigos y familiares? Parece que quieren hacernos creer que necesitamos a la clase política, el estado de alarma y ese modelo de gestión de la clase política basado en declaraciones descalificantes y luchas entre ellos. Prefiero a los a los Amancio Ortega, a los Juan Roig, a los Antonio Huertas, a las Ana Patricia Botín, a los Rafa Juan, a …y a miles de anónimos ciudadanos que son talento puro, disciplina de trabajo y humildad… Son nuestros empresarios, profesores, enfermeros, transportistas, cajeros y reponedoras, farmacéuticos, médicas, abogados, padres y madres de familia, hijos, estudiantes…

Séptima. Aceptemos nuestra vulnerabilidad. Somos vulnerables. Pero ésta no se gestiona renunciando a nuestra ciudadanía. Se gestiona aceptándola y saliendo a currar para solucionar la crisis.

¿Y que más…? COVID se re-escribe con C de ciudadanía. Ciudadanía que educa emocionalmente en familia. Ciudadanía que trabaja en las empresas de forma empática. Ciudadanía que asume su rol protagonista en el planeta. Solo falta que nos lo creamos y lo exijamos. Llama a tu concejal de distrito, a tu alcalde y pregúntale que cuándo te recibe, que tú tienes cosas que decir y hacer para salir de esto. Que no somos sujetos. Que somos ciudadanos con criterio, talento y formación… y recuérdale que, él o ella, están para servirnos.

Yo ya lo he hecho… Y me ha dado cita. ¿Algo está cambiando?