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Por los pelos...

Graciani García, María

Capital Humano, Nº 354, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Junio 2020, Wolters Kluwer

Portada

¿Te suena, verdad? Normalmente utilizamos esa expresión para decir «¡uy, casi!», como queríendo señalar que ha faltado poco para que algo suceda, tan poco como un pelo. Un único cabello suele ser prácticamente imperceptible a la vista, suele pasar desapercibido, no tiene demasiada importancia, aunque probablemente no estarían muy de acuerdo en el SXVIII...

La juventud sabia y la experiencia fresca

Últimamente, he visto unas cuantas películas de época y hay un hecho común a todas ellas que me llama la atención: los jóvenes solían llevar pelucas blancas y los ya entraditos en años lucían pelucas morenas, justamente lo contrario a lo propio de cada uno... «¿Por qué harían eso?» pensaba, al tiempo que miraba la imagen con extrañeza. Ciertamente, se veía muy rara la expresión de un joven, de poco más de 20 años, luciendo una peluca completamente cana, así como resultaba poco creíble la estampa de un abuelo con un cabello negro zaíno... Al volver a plantearme la cuestión de tal «trueque de roles», llegué a la conclusión de que el motivo trascendía al nivel físico, esto es, el tema de las pelucas blancas y negras no se debía —al menos, fundamentalmente— a que los mayores quisieran aparentar juventud y los jóvenes pretendiesen emular edad, sino que se me antoja probable que el verdadero propósito de quienes lucían estas pelucas era simular la autoridad, el respeto y la experiencia asociados a los años (en el caso de los jóvenes que apostaban por las pelucas blancas) y aparentar la espontaneidad, la frescura, el ingenio y la creatividad tan propia de los jóvenes (en el caso de los señores de edad que insistían en llevar pelucas morenas).

La diferencia radica en la esencia

Y yo me pregunto: «¿para qué? ¿no resulta repetitivo?», es decir, los abuelos han llegado a su edad pasando primero por la juventud (a veces, se hace necesario recordarlo), por tanto, conocen, saben, han experimentado la frescura, el aprendizaje, los momentos de ensayo y error que te ayudan a ser mejor... Y por otro lado, los jóvenes, aquellos que aún llevan bastante vacía la mochila de los años, pero son inspiradores de respeto y admiración por sus constantes intentos de superación, no tienen porqué aparentar lo que no son. Y es que la diferencia radica en la esencia no en la apariencia, una lección que los siglos han intentado transmitirnos con insistencia y, sin embargo, aún hoy, quien está aprendiendo pretende parecer eminencia y el que ya debiera ser adalid de la experiencia, intenta hacer ver que desconoce los trucos de la existencia... Repetimos: la originalidad radica en la autenticidad, o sea, que te distingues más por lo que no se ve, pero tiene la habilidad de hablar por ti, que por aquello que es evidente a los ojos pero, sin soporte interior, se queda cojo...

¡Quítate la peluca!

Viendo las películas de época, en alguna ocasión en la que cada cual se quitaba la peluca dejando ver su original condición, a mí me daba por pensar: «¿Y por qué no se quedan así? ¡sí se les ve hasta mejor!». Y de repente me imaginaba un salón, con jóvenes y abuelos donde espontáneamente todos se quitaban sus respectivas pelucas y, tirándolas al suelo, casi se veía como emprendía el vuelo la parte más original de cada uno, aquella que se ahogaba tras la peluca, ahora se mostraba, se expresaba, aportaba, sumaba pero, desde luego, ya no aparentaba... Quédate con la copla y recuerda: ¿quién al mundo, educa?, sin duda... ¡el que se quita la peluca!