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Si no te gustan mis valores… tengo otros

Carlos Cortés

TRANSEARCH International Spain

Capital Humano, Nº 355, Sección Relaciones laborales y prevención / Tribuna, Julio 2020, Wolters Kluwer

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Cada vez con más frecuencia oímos hablar del respeto por los «valores» en el entorno laboral. Incluso se dice que una empresa que cree en los valores que transmite, si estos coincide con los valores de los propios empleados, genera una cultura de retención de talento y de compromiso interno inmejorable. En otras palabras, la empresa que vive los mismos valores que los empleados genera felicidad. Vamos a ir por partes.

Lo primero, la definición de valor. Entre las trece acepciones que nos da la RAE, me quedo con esta: «Cualidades que poseen algunas realidades, denominadas bienes, por lo cual son estimables». Valor rima con bien, por lo que se ve.

Lo siguiente, el objetivo de la empresa, no se nos olvide, las empresas tienen como responsabilidad primera el ganar dinero, es a partir de ahí de donde se puede construir una responsabilidad social corporativa. En un sistema liberal las empresas están para producir beneficios. Ese es su primer valor. Cuando hablamos de aportar valor al accionista estamos refiriéndonos a dividendo. El beneficio permite el crecimiento, pagar los salarios, los impuestos, ect…

A partir de ahí, para ganar dinero no vale cualquier sistema de valores, pero valen muchos sistemas de valores que no tienen por qué ser compatibles con los de un empleado concreto. Pongo algunos ejemplos: un jefe exigente, meticuloso, que aprieta a su equipo para conseguir los mejores resultados, perfeccionista, que suda la camiseta y se la hace sudar a su gente. Puede no comulgar con los valores de un empleado cuya principal prioridad es conciliar, que no quiere dar un minuto de más, que le gusta trabajar con autonomía y con poco control. ¿Es malo este jefe? ¿Podemos decir que tiene un sistema de valores inaceptable? Yo diría que no.

Otro ejemplo: los sistemas de bonus en muchas empresas buscan la competitividad entre los empleados, e incluso a veces se producen ciertas tensiones. Hay situaciones en las que el interés de un departamento choca frontalmente con el de otro, siendo ambos de la misma empresa, y estos choques se derivan del sistema de incentivos implantado, que es mejorable, que tiene sus defectos. ¿Diremos entonces que un sistema de incentivos que favorezca la competitividad ha de ser rechazado? ¿Quienes tienen como valor supremo de su forma de trabajar el trabajo en equipo y la colaboración son los que menos aportan? Es posible que el sistema, con sus imperfecciones, funcione razonablemente bien.

Sin embargo, siguen dándose con frecuencia otras situaciones que sí me parece que son perniciosas y se toleran en exceso:

  • La de individualistas a quienes se les toleran sus faltas porque venden. La venta parece ser el valor supremo, y dado que las personas que son buenas comercialmente hablando pueden tener un interés desmedido por trabajar por su cuenta, por atribuirse méritos o clientes de otros, por no colaborar o no transmitir la información, no debiéramos permitir este tipo de perfiles en las organizaciones, por mucho que vendan.
  • La de personas que trabajan a todas horas, que contestan emails a cualquier hora del día o de la noche, que compiten siempre con ventaja porque han renunciado a su vida personal en pro de su carrera. Están maximizando el beneficio de la empresa, han hecho de su trabajo su máxima prioridad vital. Estoy seguro de que estás leyendo esto y poniendo nombre y apellidos al perfil. ¿A que sí? Ante determinadas puntas de trabajo estará bien hacer un esfuerzo, pero es que a veces este esfuerzo no es tan necesario, el cliente no está apremiando, están permanentemente haciendo un sobre esfuerzo en muchos casos para que se les vea, no hace falta. Esto apunta también a un mal endémico en nuestro país, el presencialismo.
  • La de líderes y directivos que no tratan bien a su gente, porque son despóticos, porque siempre creen que son más listos que sus equipos, porque desconfían, porque humillan en público, porque buscan el error y no lo toleran. Además, estas situaciones si la empresa gana dinero suelen pasar muchas veces desapercibidas hacia arriba, ni el Consejo y no digamos ya los accionistas las conocen. Estas formas de trabajar hacen que las empresas se vuelvan tóxicas e invitan a los mejores a abandonarlas.

Estamos a tiempo de ir haciendo cada vez más de las empresas lugares para trabajar, divertirse y ser felices, y en esto los valores tienen mucho que decir. Donde hay personas hay conflictos, los conflictos son inevitables, pero un buen sistema de valores aboga por resolverlos razonablemente. Pensar sobre los valores de uno, sobre los valores del sitio donde pasas la mayor parte del día, y sobre la forma de conseguir que la realidad coincida con los valores es un sano ejercicio.