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Una nueva economía

Ricardo Cortines

Profesor de Filosofia del Derecho en la UCJC y autor del libro El buen tiempo

Capital Humano, Nº 355, Sección Crecimiento profesional / Tribuna, Julio 2020, Wolters Kluwer

Portada

Le ha dado el hombre a la Economía un status especial y, tan sagrada la ha considerado, que no ha puesto en ella el sello de la ley como ha hecho con el resto de cosas, sino que ha dejado que sean la oferta y la demanda quienes la ordenen bajo el amparo de la mano invisible de la que habló Adam Smith.

Dice el «padre de la Economía» en su libro «Teoría de los sentimientos morales»: «Los ricos sólo seleccionan del montón lo más preciado y agradable. Ellos consumen apenas más que los pobres, y a pesar de su natural egoísmo y avaricia, aunque sólo buscan su propia conveniencia, aunque el único fin que se proponen es la satisfacción de sus propios vanos e insaciables deseos, comparten con los pobres el fruto de todos sus progresos. Son conducidos por una mano invisible a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiera estado repartida en porciones iguales entre todos sus habitantes, y entonces sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad».

Adam Smith hablaba de la necesidad inexorable de cooperación para mantener a la sociedad. Pero decía que, dada la maldad inherente al hombre, esa cooperación no podría emanar de la benevolencia y que la cooperación se consigue con mayor seguridad interesando el egoísmo ajeno.

Adam Smith nos quiere hacer creer —tal vez él creyera en ello— que el egoísmo de los ricos favorece a los pobres y a la sociedad en general. Pero si así fuera no habría tanta desigualdad en el mundo, ni los ricos serían cada vez más ricos, ni los pobres cada vez más pobres.

Así las cosas y, a menos que sea porque los ricos se han vuelto solidarios y la mano de la que habla Adam Smith, sin el egoísmo y la avaricia que precisa, no contribuya ya invisiblemente a distribuir los bienes necesarios para la vida como si la tierra estuviera repartida en porciones iguales, la única explicación que se me ocurre para esto es que Adam Smith no era rico.

La mano invisible de la que habló Smith ni existía entonces ni existe ahora. Smith creyó encontrar una certeza en el funcionamiento de la Economía y tal certeza —si el rico actúa egoístamente, la sociedad se beneficia— resulta ser, como vemos, paradójica. ¿Cómo va a beneficiarse la sociedad del egoísmo de los ricos? Pues bien, para explicar esa paradoja Smith recurrió a la metáfora de una mano invisible.

La paradoja en cuestión —de ser cierta— no era necesario justificarla mediante un espectro, sino que se explica de una manera más tangible: si yo hago únicamente lo que me interesa y lo que me interesa es aumentar mi riqueza, dado que la riqueza no prospera en los cajones, tendré que ponerla en el mercado y con ello generaré riqueza a mi alrededor puesto que el mercado funciona de tal manera que una parte de lo que esa riqueza genera va a parar a otras manos, también movidas por el egoísmo y sin las cuales el proceso de generación de riqueza no sería posible. Es el funcionamiento del mercado lo que hace que la riqueza pueda incrementarse.

La paradoja smithiana

En realidad, sí hay una mano que maneja la Economía, pero no es del todo invisible y desde luego es tan capaz de beneficiar a la sociedad como de arruinarla.

Económicamente hablando, entre los ricos y los pobres no solo hay un abismo cuantitativo, sino también cognoscitivo. Los ricos saben cómo funciona la Economía. Los pobres, no. Los ricos saben hacer uso del dinero. Los pobres, no. Es más, los ricos y los pobres ganan su dinero de maneras diferentes. Unos lo ganan usando el dinero que tienen y otros cambiándolo por trabajo.

La Economía es una rueda y como tal lo importante es si da vueltas o no y a qué velocidad lo hace. Si da vueltas, bueno para todos. Si no da vueltas, malo para todos. Pero al menos los ricos pueden hacer una cosa cuando eso pasa: apostar a que la rueda volverá a girar. Los ricos hacen que la ruede gire y cuando eso pasa los pobres salen beneficiados. De acuerdo. Pero es que el beneficio de los pobres es el beneficio de los ricos, es decir, que si los ricos son buenos para los pobres como dice Adam Smith, a los ricos les beneficia que los pobres dejen de serlo.

El problema es cuando la rueda se para. ¿Por qué lo hace? A veces se para de golpe, aun yendo relativamente despacio, porque, como ahora, la Naturaleza nos recuerda que somos simples hombres y no dioses. Pero otras veces la rueda se para sencillamente porque no está diseñada para permanecer girando eternamente, porque este mercado está pensado para comprar y vender y lo único que preocupa a los especuladores es encontrar un comprador para lo que compran. Solo que, con cada reventa, la rueda aumenta la velocidad, hasta que llega un momento en que ya no puede ir más rápido y se para de golpe.

¿Cuál es entonces el problema? El problema es cuando la rueda se para. Cuando los ricos, llevados por el mismo egoísmo que, en tanto brillaba el sol les hacía sacar su riqueza a la calle, dan media vuelta y repliegan sus riquezas, arruinando a la sociedad y condenándola a largas etapas de penuria.

Aún nos queda por ver una cosa: si la paradoja smithiana es cierta.

¿Es cierto que la sociedad y los pobres en particular se benefician de la avaricia de los ricos? ¿Es cierto que si la tierra estuviera repartida en porciones iguales no estarían los bienes necesarios para la vida mejor distribuidos?

John Nash, con su principio de la dinámica rectora, desdijo a Smith y demostró que, para que todos los miembros de un grupo consigan lo que desean, no debe cada cual buscar únicamente su propio interés sino también el del grupo. No basta, pues, con que los ricos busquen su interés para que la sociedad salga beneficiada.

La Economía no es más que el reflejo de lo que el hombre piensa, de lo que teme, de lo que desea, de lo que, en definitiva, es. Y si, como resulta evidente, el mundo necesita una nueva Economía, me temo que tendrá que aparecer antes un hombre nuevo.