Capital humano - DocumentoSEO
El documento tardará unos segundos en cargarse. Espere, por favor.
Wolters Kluwer logo

Alegato por el sentido común

Casado, J. M.

Capital Humano, Nº 356, Sección Crecimiento profesional / Artículos, Septiembre 2020, Wolters Kluwer

En un mundo dominado por el dato, donde se busca que todo sea numerable, es preciso dar valor a los sentimientos como elemento fundamental para tratar con los hombres. Cada uno de ellos soberano de sí mismo y único, y no producto de una operación algorítmica.

José Manuel Casado González

Socio de 2.C Consulting Consulting y Coordinador de área de Crecimiento Profesional de Capital Humano

Con bastante frecuencia suele remarcarse que el sentido común es el menos común de los sentidos. Hagamos un alegato más por ese escaso sentido común con demasiada frecuencia olvidado en la toma de decisiones en las empresas. Reflexionemos sobre una obviedad y que en un gran número de ocasiones puede ser olvidada por evidente. Pensemos en la historia del hombre. Echemos una mirada retrospectiva a la historia de la humanidad. Desde sus inicios hasta hoy. Desde la aparición del hombre sobre la faz de la Tierra hasta nuestros digitales y robóticos días.

Toda evolución, todo cambio, ha sido producido por la mano del hombre. Cualquier mejora ha sido introducida por un ser humano. Detrás de cada éxito, al igual que detrás de cada fracaso, hay una persona. Cada idea, cada avance, cada progreso, cada acto ha sido provocado por el individuo. Cada invento, cada paso ha sido hecho y dado por el hombre. Detrás del descubrimiento del fuego, como de los protocolos de html, siempre existe la acción decidida y firme del ser humano. De igual manera cada una de las decisiones que se producen en nuestras organizaciones son tomadas por personas que, en función de unos criterios e interpretando una determinada situación, deciden hacer o no algo. Siempre, siempre, el individuo es el auténtico protagonista de las actuaciones y sus consecuencias, sean éstas buenas o malas.

Esta primera reflexión también aplica al mundo de las organizaciones. Intentar entender la empresa sin entender previamente al hombre, al imperfecto ser humano, es como comentar una película o una obra de teatro sin tener en cuenta a sus protagonistas. Javier Fernández Aguado asegura que todos somos profundamente imperfectos y que debemos acostumbrarnos a convivir con esa imperfección. Tal vez por ello, Alfonso X el Sabio dijera que si le hubieran invitado a la creación del mundo habría dado algunas ideas. Quizá esta imperfección de la que habla nuestro buen amigo no sea tal. Es más probable que se deba a que las personas no somos objetos, sino sujetos subjetivos únicos y diferentes y que dicha imperfección se deba a nuestra condición ontológica.

Siempre, el individuo es el auténtico protagonista de las actuaciones y sus consecuencias, sean estas buenas o malas

Parece evidente que, en un mundo dominado por la imagen del número, por el reflejo de la cifra, todo lo que no puede ser fácilmente objetivable, ni abarcado por la lógica de la razón se antoja ingobernable para muchas de las mentes gestoras —son la mayoría— que asientan sus principios de dirección sobre una estética binaria en las que las matemáticas y la ingeniería ocupan un lugar predominante.

Sugiero como primer paso leer más a Rousseau y menos a los analistas financieros. Este pensador, hablando del carácter subjetivo y único del ser humano decía: «siento mi corazón y conozco a los hombres; no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a decir que como ninguno de los que existen: Si no valgo más, soy al menos distinto a todos». Tenemos que intentar que los progresos sociales no nos alejen de nuestro estado natural que, como dijera Rousseau es esencialmente natural y bueno. Hemos de buscar los conocimientos que nos ayuden más a conocer y tratar al hombre que a sus números, sabiendo que todos somos distintos, diferentes y únicos.

Como segundo paso propondría oír a la experiencia. Uno de los directivos más admirados de todos los tiempos por mí, —aunque ya tristemente desaparecido, pero con el que tuve en su día el privilegio de trabajar— D. Claudio Boada, quien ocupara los más altos puestos de responsabilidad en nuestro país, ingeniero de profesión, decía el 30 de noviembre de 2001, al recibir el Premio Nacional de Ingeniería Industrial a la Trayectoria Profesional, que «la existencia de ingenieros industriales poseedores exclusivamente de grandes conocimientos técnicos y científicos, lógicamente concordantes y adecuados a la carrera, es importante para los compañeros que ejercen la profesión orientada a la tecnología, la investigación y la docencia, pero en mi opinión, lo es bastante menos para los que ejercemos la profesión al servicio de la empresa con funciones eminentemente generalistas» y añadía «son muchos los ingenieros que desempeñan funciones de dirección y para esa labor son necesarios los conocimientos de gestión, humanidades, RR.HH., etc., imprescindibles para conseguir los resultados empresariales».

Gestionar personas significa no olvidar este principio y recordar que los sujetos, aparte de ser subjetivos y únicos, tenemos alma; unos principios y valores morales que inspiran nuestros comportamientos. Al final, casi podríamos decir que las empresas tienen —al igual que las personas— su propia alma.

Hemos de buscar los conocimientos que nos ayuden más a conocer y tratar al hombre que a sus números, sabiendo que todos somos distintos, diferentes y únicos

El que fuera presidente de General Motors, Pierre Du Pont, subrayaba que «las empresas, al igual que las naciones y los hombres, tienen alma». El alma es nuestra parte no visible y es la que confiere nuestros significados. Algo que las empresas sí saben muy bien cuando intentan ganar el corazón de los consumidores y crean las marcas o cuando intentan ganar el compromiso de sus profesionales. Son estas marcas las que sutilmente acarician nuestras almas mediante el ofrecimiento de mensajes tranquilizadores que influyen en nuestro inconsciente para que tengamos determinados comportamientos conscientes. Nos provocan un deseo no racional de compra o pertenencia; trabajan el subconsciente para que las personas tengamos un comportamiento que se materialice en la compra de un producto u otro.

Cuando uno invierte en materias primas sabe aproximadamente cuanto tiempo va estar, cuánto va ganar, cuándo va a salir de ese negocio. Cuando una empresa invierte en economías del alma, lo está haciendo en sentimientos y emociones, y el límite puede ser el infinito. La auténtica competitividad de las empresas debe comenzar a construirse sobre el alma de las personas, sobre sus emociones, imaginación y sentimientos, sobre esos aspectos no tangibles que hacen que una persona actúe de una manera u otra. Por encima de todo, los seres humanos sentimos; es más, deberíamos decir que el hombre antes de pensar siente; sino repásese uno de los últimos textos, del afamado Antonio Damasio titulada «El Extraño Orden de las Cosas». Este prestigioso neurocientífico portugués, afincado en California, asegura que lo que realmente nos diferencia de los animales no es la razón, sino la emoción. En la misma tesis, sostiene que «somos mortales porque tenemos sentimientos. Así que la razón, no es lo que nos diferencia de los animales, sino la capacidad de sentir y comprender esas emociones».

Las mejores y las peores cosas en nuestra vida tienen que ver más con el mundo de los sentimientos que con la lógica de la razón: amor, alegría, pasión, emoción, cariño, sensualidad, miedo, lujuria, etc. A pesar de ello, las empresas se empeñan en gestionar y comunicar con su gente a través de la razón, aún sabiendo que sentimos antes de pensar.

La única forma de obtener auténticos beneficios es atraer la parte emocional de la gente: clientes y empleados movidos por los sentimientos e imaginación, y no tanto por la razón. Eso nos hace muchas veces decir «no entiendo lo que está pasando, no es lógico». Pero eso es viejo, es anacrónico, ya está desfasado. La forma de lograr instalarse en el mercado de los talentos es olvidarnos un poco de la cabeza y centrarnos en el resto del cuerpo, en el corazón de la gente para conseguir su afecto, su disposición intuitiva y su deseo.

Ello significa tratar a nuestra gente como «estrellas» y hacerles sentir emociones, como por ejemplo hacerles sonreír. ¿Cuántas veces ríe la gente en nuestras áreas?; cuando sale de su despacho o sube en el ascensor, ¿ve a la gente sonriendo y alegre?, ¿aprecia sentimiento, vitalidad y entusiasmo? Ese es el mejor barómetro del estado de salud y emoción organizativa.

Las empresas se empeñan en gestionar y comunicar con su gente a través de la razón, aún sabiendo que sentimos antes de pensar

Estas observaciones confieren a la gestión de personas un carácter de complejidad difícilmente solucionable con recetas tradicionales. Hace falta más conocimiento humano y, quizá, menos conocimiento experimental. Hemos de dedicarnos a aprender más humanidades, más sobre hombres, sobre sentimientos, emociones y almas. De no ser así, puede que ese sentido común del que hablábamos al principio continúe brillando por su ausencia.