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Demasiado joven para jubilarme, demasiado viejo para tener jefe

José Manuel Casado

Presidente de 2.C Consulting.

Capital Humano, Nº 337, Sección El punto sobre la "i", Diciembre 2018, Wolters Kluwer España

Con este lema serigrafiado en su camiseta azul turquesa, su chaqueta sport, sus pantalones chinos y su moderna mochila, se presentó, al desayuno que teníamos acordado, mi buen amigo Adolfo Ramírez, director de Tecnología y Operaciones del Banco Santander España hasta apenas un año y que, ahora en una nueva etapa vital, está disfrutando de un momento profesional apasionante tras su salida de la entidad y la publicación de su reciente libro "Digitalízate o Desaparece".

Cuando lo vi de esta guisa, lo primero que le dije fue, -"tienes que regalarme una camiseta como esa, el mensaje me encanta". Y me gustó, porque creo que marca una de las tendencia más clara de hacia dónde se dirige el mundo del trabajo y porque eso fue, exactamente, lo que yo pensé hace unos años cuando salí de Accenture, la magnífica multinacional para la que trabajaba.

Entonces pensé que era muy joven para no hacer nada, porque estoy convencido de que lejos de la concepción tradicional del trabajo, en el sentido de que es un castigo, considero que el trabajo es siempre reto, crecimiento, desarrollo, actualización y diversión. Si el trabajo fuera malo no podría ser que los que más tienen (riqueza, propiedades…) tengan más trabajo y los que menos tienen, tengan menos trabajo. La concepción trasnochada de que la aristocracia no trabajaba y solo lo hacia la plebe está desprestigiada. Creo que el trabajo no es un medio para un fin, sino que ofrece satisfacción y realización personal, siempre que tenga significado.

APRENDER, ENSEÑAR, DEJAR

Por otra parte, mi buen amigo Luis Bassat, me contaba en una ocasión que el afamado Antonio Puig, creador de la mundialmente conocida empresa de perfumes Puig, decía que en la vida el ser humano tenía cuatro etapas: aprender a hacer, hacer, enseñar a hacer y dejar de hacer. "Aprender a hacer": lógicamente es esa etapa que va desde que nacemos hasta que comenzamos a hacer; es decir, a trabajar. "Hacer": es la siguiente época de nuestra vida en la que nos dedicamos sobre todo a trabajar y que nos ocupa prácticamente desde que nos incorporamos al mercado laboral hasta que lo abandonamos. A continuación vendría la época de "enseñar a hacer" que es nuestra época (la de mi amigo y mía), es decir; cuando los profesionales ya hemos acumulado suficiente experiencia y que es el mejor momento para enseñar a otros cómo hacer las cosas. Por último, vendría la época de "dejar de hacer"; es decir ese momento en nuestra vida que preferimos no tener demasiadas obligaciones laborales; aunque, está demostrado que los seres humanos necesitamos sentirnos útiles hasta el último día de nuestra vida.

Para refutar mi último aserto, permítame que le cuente la investigación que hizo hace pocos años la AARP (American Association of Retired Persons), con una muestra de unos 50.000 profesionales (trabajadores de conocimiento: ingenieros, consultores, abogados, exdirectivos, etc.) en edad de 50 a 70 años y que habían dejado no hacía mucho su trabajo de toda la vida. La cuestión que se les planteó fue la siguiente: "en esta nueva etapa de su vida ¿qué es lo que más le satisface?" Las respuestas principales, y por el siguiente orden de importancia, fueron tres: Sentirme útil; la utilidad la consigo trabajando, y que el trabajo sea remunerado algo. Evidentemente muchos de ellos no necesitaban el dinero, pero la concepción de utilidad asociada al dinero es muy poderosa en nuestra sociedad occidental.

Pero otra cosa muy importante para trabajadores con experiencia es no tener jefes, tener autonomía para decidir qué hacer, cuándo, cómo, dónde y con quién. Un excelente jefe que tuve yo, para mí un modelo de directivo, a eso de los cincuenta y pocos, me dijo: -José Manuel, he decidido dejar la compañía: me cansa y me agota argumentar, explicar y discutir con mis jefes mundiales que no entienden bien o no saben lo que realmente hacemos en España.

Está demostrado heurísticamente que cuanto más abajo descendemos en la jerarquía del trabajo, más jefes tenemos por encima, más control, más normativas y procedimientos debemos seguir y aplicar, menos autonomía-. A medida que se sube en la escala social, o en la jerarquía del trabajo, más libertad se tiene, porque se siente que se puede disponer de cierta capacidad de elección; o sea…libertad.

EL PROBLEMA DE LA JERARQUÍA

Parece que el poder está fuertemente arraigado en nuestros cerebros; y esto ocurre incluso fuera de un ambiente "competitivo", ya que la posición jerárquica es tan importante como otro tipo de recompensa, como, por ejemplo, el dinero, y que medimos nuestros beneficios en función de los beneficios de los demás. Nuestro cerebro, por tanto, sería exquisitamente sensible a la posición jerárquica. Si la jerarquía es estable podemos ignorar a aquellos que están por debajo y concentrarnos en los que están por encima. Si es inestable, y podemos perder nuestro estatus, entonces aparecen las emociones negativas y los problemas de salud.

Mi amigo Adolfo y yo somos de ese tipo de profesionales que nos gusta lo que hacemos y podríamos ser considerados como Silvepreneurs, (emprendedores de plata: él se ha dado de alta como autónomo y yo monté mi propia empresa) y para nosotros parte de nuestra vida significa trabajar y nos gusta estar activos en nuestro ambiente laboral y estamos especialmente interesados en aportar una vez más nuestra experiencia y conocimiento profesional a nuevos proyectos en un contexto menos estructurado, sin jefes y con mayor calidad de vida.

Tengo la sensación de que, tanto mi amigo como yo, con el tiempo nos convertiremos en Greyhoppers (esperanzados grises); es decir, ese tipo de trabajadores que superando la edad de jubilación siguen en activo; son esos que pueblan las salas de lectura de las universidades, hacen viajes alrededor del mundo y creen que la vida en la ciudad es más vida que la del campo. Además estos esperanzados grises son muy participativos e incluso muchas veces tienen un trabajo, bien en cooperación social o a tiempo parcial o como consejero en alguna compañía.

En fin, como antes señalábamos, al salir mi antigua empresa, la verdad es que me ofrecieron varias cosas en otras compañías; pero tenía claro que no quería volver a trabajar para nadie ni tener más jefes, pero también sabía que quería seguir activo profesionalmente: era demasiado joven para jubilarme, pero demasiado viejo para tener jefe.

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