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¿Para qué sirve la ética?

¿Para qué sirve la ética?

Roberto R Bravo (1)

EIA Senior Practitioner y ESIA de EMCC. PCC de la ICF

Capital Humano, Nº 371, Sección Crecimiento profesional / Artículos, Enero 2022, Wolters Kluwer

La ética constituye una preocupación genuina dentro de las actividades de coaching, mentoring y supervisión, principalmente en la medida en que estas profesiones tratan con personas. No obstante, hay en general relativamente poco conocimiento acerca de lo que realmente es la ética y su utilidad, aparte de los códigos profesionales de obligado cumplimiento.

Los manuales de coaching, mentoring y supervisión, como casi todos los manuales profesionales, suelen presentar la ética al final como una serie de normas respecto a qué hacer y, sobre todo, qué no hacer. Los códigos de ética se reducen en la práctica, la mayoría de las veces, a una aburrida lista de restricciones cuya infracción puede acarrear sanciones de diversa severidad por parte de los organismos reguladores de la profesión o de las leyes. No obstante, la ética es mucho más que eso. «Porque no se trata de una ligera cuestión —escribe Platón en La República—: se trata de cómo debe vivirse la vida humana». La ética es, por definición, la ciencia del comportamiento, pero no en sentido descriptivo (esto ya lo hacen, en distintos respectos, la psicología y la sociología) sino en un sentido normativo (al estilo de como operan la lógica o el derecho, si bien en diferentes ámbitos). Como decía Aristóteles, a quien podemos considerar el fundador de su estudio sistemático, el objetivo primero de la ética como ciencia es establecer, si es posible, principios universales de la acción buena y justa de la conducta humana, con independencia tanto de la tradición como de cualquier autoridad política o religiosa. Es decir, unos principios objetivos por los cuales guiar y orientar nuestra conducta. Así pues, parece que la ética, en lugar de encontrarse al final del manual, debería más bien situarse al principio.

Si queremos encontrar los principios de lo que es el bien (y, por contraposición, quizás también de lo que es el mal) para guiar nuestra conducta por una senda segura que dé plenitud de sentido a nuestra vida, parece que deberíamos empezar por preguntarnos qué es lo normal o lo natural del ser humano, qué es lo que somos para poder saber, a partir de ahí, hacia dónde vamos, puesto que la conducta, lo que hacemos en la vida, es ante todo movimiento: la transición de pasado a futuro, el paso sucesivo a un nueva situación, el constante encuentro con cada nuevo estado de cosas.

Esta indagación sería presumiblemente un buen punto de partida para responder la pregunta acerca de «la acción buena y justa», como decíamos, ya que, en principio, no parece razonable pensar que el bien fuera contrario a la propia naturaleza (aunque este es también, desde luego, un punto a considerar).

La ética, en lugar de encontrarse al final del manual, debería más bien situarse al principio

Dada la capacidad de razón y de libre voluntad que caracteriza al ser humano, a diferencia de la naturaleza misma, básicamente inerte, o de los animales, que se guían principalmente por instinto, la ética nos plantea si queremos orientar, en forma consciente y voluntaria hacia un fin considerado «bueno» o deseable, los cambios en los que influimos con cada uno de nuestros actos. Es decir, si dirigimos nuestra vida conscientemente hacia lo que queremos, por decisión propia, como seres dotados de razón. Y para eso, el primer paso hacia donde sea que decidamos dirigirnos parece que debe ser adquirir una primera toma de conciencia de dónde estamos. Ya que de ese punto de partida dependerá, al menos en parte, el futuro que libremente queramos o podamos construir. En una palabra, para ordenar conscientemente nuestra vida deberíamos empezar por saber lo que somos.

Llegamos así a un punto de partida conflictivo para la ética, que se revela tan complejo como la filosofía misma: el dictum comúnmente atribuido a Sócrates «Conócete a ti mismo». Y parece que no hay tarea más difícil.

Pero la ética, como toda ciencia, no existe ni se desarrolla aislada. La ciencia es un entramado de conocimientos unidos por principios lógicos sobre la base de la observación. Y la ética, como ciencia social y humana se sirve del auxilio de otras ciencias: sociología, psicología, antropología…

BUENOS PROFESIONALES

Para salir del atolladero al que nos lleva la pregunta filosófica por el conocimiento de lo que somos, podemos por ejemplo recurrir a la psicología, concretamente a la psicología experimental: pregúntese a cualquier persona qué es y, a menos que se trate de un gurú o un profesor de filosofía con interés de complicarnos la vida, lo más probable es que nos responda cuál es su oficio: mecánico, camarero, médico o conductor de autobús; y si le preguntamos a un niño qué quiere ser cuando crezca nos dirá que bombero, policía o astronauta. Es decir, nos definimos por lo que hacemos (y el niño por lo que quiere hacer, en lo que ya da muestras de poseer voluntad propia).

En nuestro caso, la respuesta que demos a lo que queremos ser como coaches, mentores o supervisores definirá lo que queremos hacer como coaches, mentores o supervisores, que será lo que nos caracterice, respectivamente, como buenos o malos profesionales, en función precisamente de la forma en que ordenemos nuestras acciones para conseguir el fin propuesto —que esperamos, en principio, que sea «bueno», ya que no parece que nadie quiera ser un mal profesional.

Así pues, antes de tener una idea perfectamente clara acerca de qué es el bien en abstracto (problema que pertenece más propiamente a la metaética, acerca del significado y el alcance de los términos éticos), ya sabemos, o intuimos razonablemente, en función de lo que queremos hacer, aquello que es útil o beneficioso para la profesión, la persona y, en definitiva, el conjunto de la sociedad, es decir, aquellas de nuestras acciones que nos conducirán a ser un buen profesional.

Y ese ser futuro que nos planteamos será el punto de partida de nuestra ética normativa, que nos llevará a acordar las normas y principios de lo que será nuestra práctica profesional, orientada al mejor logro de las metas que nosotros mismos nos hemos fijado. Los códigos de ética no son, no deben ser, otra cosa que la concreción de esos principios en una serie de postulados para alcanzar nuestros objetivos profesionales. Y ya que el código mismo no es el lugar más apropiado para exponer la relación causal y argumental de cada norma respecto a su objetivo, sino que esto debe quedar claro a lo largo de cada manual y de la formación misma en la profesión, todo buen profesional, formado reflexivamente en las bases teóricas como en la práctica de su actividad, debe estar en capacidad de entender la razón de ser de cada una de esas normas. En nuestro caso, la justificación crítica de las acciones consideradas correctas, por las que se nos puede calificar como buenos coaches, mentores o supervisores.

PRINCIPIOS NORMATIVOS

Pero, ¿cuáles son esos principios normativos? Quizás lo que podríamos considerar el principio ético fundamental de las profesiones dedicadas a tratar con personas, ya sea en materia de educación, atención u orientación, en todas sus variantes, y definitivamente en el caso del coaching, del mentoring y de la supervisión, a pesar de sus claras diferencias, es esa misma observación básica de que estamos tratando con personas. De este solo hecho podrían, en principio, derivarse todas las normas de nuestra ética profesional, tal es su importancia.

¿Qué es una persona? Desde un punto de vista ético —que no excluye las definiciones que puedan darse en otras ciencias, como la psicología o la sociología—, una persona puede definirse como una unidad psicobiológica (del ser humano) con sentido de la propia identidad, autoconciencia y responsabilidad, dotada de libertad e independencia de acción. Este complejo conjunto de características (que nos llevaría muy lejos considerar por separado) conduce a lo que se define como un agente moral: un sujeto capaz de tomar sus propias decisiones en referencia y consideración a lo que problemáticamente denominamos una acción buena o justa —y, en sentido abstracto, el bien.

El agente moral decide sus acciones organizando los recursos a su disposición para el logro de sus objetivos éticos o morales (los términos son equivalentes); es decir, utiliza sus medios (en principio moralmente neutros) en función de la bondad, la conveniencia o la utilidad de sus fines. Porque, en general (salvo algunas cosas creadas específicamente por el ser humano para determinados fines), las cosas (desde una piedra a una planta de energía) difícilmente pueden considerarse buenas o malas en sí mismas: son buenas o malas según el uso que se haga de ellas, es decir, la finalidad a la que se destinen.

La definición ética de persona nos diferencia claramente de otros seres vivos, en particular de los animales, a los que, si bien podemos atribuirles ciertas características por las que se asemejan en algunos aspectos al ser humano, como cierto grado de inteligencia (la capacidad de resolver determinados problemas, en concreto el problema de la supervivencia en el día a día), formas muy elementales de lenguaje (el cortejo de las aves, el aviso de peligro, o del encuentro de alimento…), algún rudimento de emocionalidad (el cuidado de la prole, el apego al dueño en los animales domésticos…) y hasta un cierto sentido de altruismo (la defensa del grupo, o la atención al desvalido, como se ha observado en algunas ocasiones a nivel intra o incluso extragrupal del comportamiento animal), resulta no obstante muy difícil atribuirle un sentido de autoconciencia, libertad o responsabilidad a ningún organismo que no sea un ser humano plenamente desarrollado (en este sentido, los niños no son personas propiamente dichas, al no poseer plena conciencia ética, como tampoco lo son, generalmente, en el orden psicológico ni legal).

La condición de persona (plenamente desarrollada) la sitúa en un plano ético de igualdad formal frente a cualquier otra persona, ya que, en principio, no hay otra distinción entre yo y el otro que la que realiza la propia conciencia, y esta podemos suponerla razonablemente idéntica en su forma a la conciencia del otro (es decir, el otro me ve a mí de igual manera a como yo lo veo a él). De ahí que dos agentes morales no se distingan en principio más que por sus acciones, y no por diferencia intrínseca alguna. Esto hace que yo, como agente moral, solo pueda considerar al otro como básicamente semejante a mí, y de ninguna otra manera, salvo por sus acciones. Pero estas, sean mejores o peores, más o menos correctas o apropiadas que las mías, en definitiva buenas o malas, no afectan a su condición de persona, lo que me obliga a tratarlo como semejante en cualquier circunstancia. En particular, no puedo —no debo— tratarlo como un medio para el logro de mis fines, cualesquiera que estos sean, puesto que no es un objeto, ni tampoco un animal, una cosa más de las que pueblan el mundo, sino un ser del todo semejante formalmente a mí. Esto es, con los mismos derechos y obligaciones. De aquí deriva el concepto de dignidad personal.

¿Qué es la dignidad personal? Podemos definirla a grandes rasgos como la estima, la valoración o el respeto que la persona merece como tal, por su sola condición de persona. Pero una definición ética más exacta es el derecho que le corresponde a toda persona de ser considerada un agente moral, esto es, un fin en sí mismo (y para sí mismo), nunca un simple medio, un mero instrumento para el logro de los fines de alguna otra persona.

La dignidad personal así definida puede considerarse la base y fundamento de todos los demás derechos humanos. En tal sentido fundamenta también, en gran medida, los códigos de ética profesional en su relación con las demás personas, en particular los códigos del coaching, el mentoring y la supervisión en lo que respecta a la relación con el cliente. De ahí, por ejemplo, el derecho de este a ser informado, a la confidencialidad, a la privacidad de sus datos, a actuar como mejor considere, independientemente de lo que podamos opinar, y nuestra obligación de informarle sobre el proceso que pensamos llevar a cabo, de solicitar su consentimiento (por ejemplo, para trabajar conjuntamente con otras personas en el caso de la supervisión), y de respetar sus decisiones cualesquiera que sean. Porque el cliente (ya sea cliente propiamente dicho, es decir, externo, o colega, en el caso de la supervisión) es antes que cliente una persona, un agente moral, provisto de la misma dignidad que nosotros. Nunca un medio para la consecución de nuestros propios fines, por loables que sean o que puedan parecernos.

Es tal la relevancia de la condición de persona, de agente ético dotado de dignidad humana, que esta concepción prima por sí sola sobre cualquier otra consideración respecto al cliente. Es lo que da sentido a nuestra relación con el cliente y la razón de ser misma de esa relación. Esta es la base fundacional de los códigos de ética profesionales en lo referente a su relación social, y específicamente del Código Global de Ética de la EMCC para coaches, mentores y supervisores, así como de su Declaración de Diversidad e Inclusión que expresa el principio de «respeto a la singularidad del individuo, sus talentos y su potencial», reconociendo los valores de la diversidad y la inclusión como parte de la dignidad personal y humana.

La ética sirve así para guiar nuestra relación profesional hacia el fin propuesto, coherente con nuestra naturaleza y con la del otro, en un plano de igualdad y respeto mutuo, por lo que, antes de mayor indagación, podemos considerarlo, en principio, un fin justo y bueno.

BIBLIOGRAFÍA

Clásica:

ARISTÓTELES: Ética, a Nicómaco, Madrid, 1873.

https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01.htm#pri

PLATÓN: La República, Libro I. Aguilar, Madrid,1972.

General:

HOFFE, Otfried (ed.): Diccionario de ética, artículo «Ética». Crítica, Barcelona, 1994.

Específica:

ASSOCIATION FOR COACHING (AC) & EUROPEAN MENTORING AND COACHING COUNCIL (EMCC): Global Code Of Ethics, 2001 https://www.globalcodeofethics.org/download-the-code

EUROPEAN MENTORING AND COACHING COUNCIL (EMCC: Diversity & Inclusion Declaration, 2018. https://emccdrive.emccglobal.org/api/file/download/o288iq8W3wXgmiMPI8JsmjZ947iZxHQl8VCJC3tR

(1)

Licenciado en filosofía, MSc. en lógica de la ciencia, DEA en filosofía del lenguaje.

Profesor de epistemología, lógica, filosofía e historia de la ciencia, filosofía del lenguaje, semiótica y bioética.

https://filosofiaylodemas.blogspot.com

https://www.youtube.com/channel/UCn5Bd2foQp3xbpKNeFPOPuw

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